La literatura sirve las más de
las veces para confundir. Para llenar la cabeza de pájaros, para engañarse a
uno mismo, para mentir al vecino, para perder el tiempo, para extraviar un
destino, para desanimar o mover a la ira, para corromper y ser corrompidos.
Pero también sirve para capturar instantes preciosos, como toda forma de
mística. Pues la literatura es un arte con el que el hombre espera trascender,
aunque no repare en los peligros, atraído irrefrenablemente por el poder de los
libros.
Quien esperase encontrar aquí los
tópicos manidos sobre los tan ondeados beneficios de la literatura, se
desencantará enseguida. Soy testigo de cómo mujeres han engañado a sus maridos
con otro hombre después de haber leído Anna Karenina, de cómo algunas personas
han negado a Dios porque no sé qué filósofo había proclamado su no existencia,
de cómo una joven creía ciegamente que Jesús y María Magdalena habían tenido un
lío porque en su momento leyó El Código Da Vinci, etc. La literatura también
corrompe, señores. La literatura es capaz de fabricar en serie, y en grandes
cantidades, individuos que fingen pensar o que directamente se enorgullecen de
no pensar lo más mínimo, como si la literatura sólo fuera un pasatiempo. Pero
los bobos son los primeros en ser esclavizados. Y en realidad sin que lo sepan,
porque creen que ser esclavo es llevar puestas unas cadenas, como les han
enseñado en las películas. Luego si no llevan cadenas, no pueden ser esclavos.
¿Pero no fueron acusados san
Pablo y Don Quijote de haber perdido el seso con sus lecturas? ¿No se viene
contando desde antiguo que existen libros con poder, libros malditos? Y al
mismo tiempo ¿no se admiran los judíos de que Jesús sepa de letras sin haber
estudiado? ¿No se lamentaba Oseas de que su pueblo se hubiera destruido por
falta de conocimiento? Desde luego algún misterio, y no pequeño, debe encerrar
este terrible y mágico mundo de las letras.
Más aún: la literatura es
inseparable del hombre y, por ello, también algo bueno habría de aportarle a
éste. Del mismo modo que los niños lo preguntan todo y todo quieren conocerlo,
el hombre adulto no pierde ese afán de conocimiento (inclúyase aquí también
toda forma de curiosidad); y la literatura es una de las mayores fuentes que
tiene el hombre de hacerse con él. La fuga de la realidad es otra
característica que distingue a la literatura, en este caso de ficción. Esa
desconexión que el hombre necesita, bien porque desea olvidar en lo posible la
realidad, bien porque goza imaginando fantasías, bien porque anhela el poder
catártico de la literatura, es una razón poderosa que el hombre encuentra para
leer, no siempre cultivándose, como se ha comentado antes. Por último, el
hombre lee también por placer estético, facultad que lo distingue
cualitativamente de los animales, como cada una de las razones anteriores. Por
tanto, y aunque haya más, afán de conocimiento, deseo de fuga, búsqueda de
curiosidades y placer estético son los motivos cardinales de toda lectura.
En el fondo, al examinar los
rasgos de la literatura o los motivos por los que el hombre lee, nos damos
cuenta enseguida de que el hombre pretende con la lectura trascender su
circunstancia y su estado mismo. Al leer, el hombre mira hacia lo alto con la
intención de superar sus límites, su precariedad, su conciencia de ser temporal
y quebradizo. Pero al mismo tiempo que la lectura puede conectar de modo
misterioso al hombre con realidades que forman parte de lo mejor de sí mismo y
le llevan a tener esperanza, también la literatura puede hundirlo en espejismos
y confusión hasta su muerte.
Así pues, de este antagonismo
misterioso al que apunta la motivación del hombre por leer libros sin cuidado o
medida, se desprende que la literatura es efectivamente una vía para descubrir
el misterio que encierra la vida; un misterio que son las cosas de Dios y
cuantas fuerzas se oponen desde el origen a Éste. Un misterio que da lugar
entonces a los sueños y pasiones de los hombres, pero también a sus fracasos y
pesadumbres. Por eso la literatura tiene poder para acercarnos a la luz y,
también, para corrompernos y anclarnos en las tinieblas. Por eso leer nunca ha
sido inocente.
¿Conclusiones?
Tal vez lo más importante de
todo, al menos a nivel práctico –pues a nivel antropológico la literatura
indica la apertura del hombre a la trascendencia–, sea entender que leer por
leer no nos hace necesariamente mejores, ni es bueno en sí mismo, ni debe ser
objetivo absoluto de la educación, pues lo que creemos inofensivo no siempre lo
es tanto. Quizás en algunos casos debería leerse menos, en otros, otro tipo de
libros. Mil veces me he preguntado si no debería olvidarme de toda la
literatura actual, centrándome solamente en 10 o 12 libros de todas las épocas,
en los que podría profundizar seriamente. Me perdería seguro cosas muy
interesantes, por eso busco un equilibrio. En definitiva, no queda otra que
reparar en la responsabilidad que supone toda lectura. En el ejercicio libre
pero responsable de leer, como exige el ejercicio de todo aquello que tiene
cierto poder. Leer, así pues, entraña cierto riesgo. Pero no hacerlo también.
Es la disyuntiva del hombre. Ante un misterio que lo trasciende. Y entre luces
y sombras siempre.
En definitiva, el hombre lee
porque ha sido pensado para ir más allá, porque sospecha, aunque no se fije,
que en lo invisible se esconde la verdad de su vida.
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